5 de octubre de 2011

Kant y Nietzsche citados ante "La Balsa de la Medusa"



Publico un ejercicio que realicé para "Historia de las ideas estéticas" en el curso del 2º Ciclo de Humanidades de la UOC. El enunciado era hacer coincidir a ambos filósofos ante el impresionante cuadro del pintor romántico Théodore Géricault "La Balsa de la Medusa" y transmitir, de alguna manera, sus distintas percepciones estéticas (y las de su tiempo). 

Por el contexto económico y social que vivimos, me ha venido a la memoria y así es que lo publico, pensando en ir publicando también aquellos ejercicios que más me hicieron aprender y gustaron.
 

NIETZSCHE —Muy apropiado, irónico diría yo, habernos citado frente a este cuadro precisamente ahora, cuando esta balsa llamada “capitalismo” no aguanta la embestida de un capitalismo insolvente y caduco y ahora que, como entonces, los poderosos huyen en sus botes después de cortar los cabos que les unía a la balsa, para llegar a puerto indemnes…

KANT —No he querido leer la crónica de nuestro presente en esta superficie pictórica, función esa de los diarios y otros medios, no de la obra de arte; si algo he recibido ante ella, esto ha sido la innegable sensación de lo sublime, un balanceo de atracción y repulsión ante ese mar infinito anunciando tragarse a los hombres, hombres que han perdido la fuerza de espíritu frente a un viento contrario a su salvación, infranqueable, creando una tragedia universal de cuerpos entrelazados… ¿entiendo que la obra no ha despertado su sensibilidad hacia lo sublime?

N —Pasemos un mes ante este cuadro y atendamos a las frases que despierte en los observadores; escucharemos que es una “bofetada contra el estado social de las cosas”, escucharemos que la obra es una obra política, un símbolo de denuncia de la corrupción monárquica… sí, como en los diarios, pero no porque una función política anime la obra de arte sino porque crear, denunciar, expresar o vivir es una misma cosa, algo que no puede irse dividiendo en cajones independientes. Pero volvamos a lo sublime: para usted, esa sensibilidad es una suerte de desbordamiento de la capacidad perceptiva pero, al fin y al cabo, emparentada con el placer, un placer “negativo” creo que dijo en cierta ocasión; un placer que sorprende sin atemorizar al encontrarnos en la seguridad del observador…

K—Dos temas entrelazados: que la pintura enlace con su tiempo, que el tema representado sea una denuncia, incluso que, como se comenta, Géricault buscase con esta obra la representación magistral de su carrera, todo esto, digo, no interfiere en mi valoración estética. La sensación por mí percibida en torno a su belleza, subjetiva por tanto, no depende de la pintura sino en cómo es estimada en mi contemplación. El juicio de gusto no desentraña un interés.
En cuanto a mi cuestión sobre lo sublime, he de decir que sí, un placer negativo que me hace consciente de una altura para mi alma no acostumbrada en la cotidianeidad de las horas, algo que descubre en mí unas facultades de resistencia de diverso orden... Pero no encuentro su respuesta en la descripción de mi experiencia; buscaba la suya que, por sus palabras, intuyo es de distinta naturaleza.

N —Debo confesarle para responderle entonces que en mi primer itinerario visual sobre la pintura no he reparado en esos elementos inmensos de la naturaleza, ni siquiera en si el color predominaba sobre el dibujo como ahora percibo o el dibujo sobre el color; mi mirada ha sido captada por el realismo macabro en el que se representan los cuerpos y, sobre todo, en los ojos de ese hombre que, sujetando el cuerpo muerto de otro, su hijo quizás, nos mira de frente, desesperanzado…

K —Un recurso usado antes y que ya Alberti cita como elemento de la prospectiva legittima, una manera de conectar al observador con la escena…

N —No ha sido en verdad su efecto el hacerme partícipe de la escena; más bien me ha desplazado a otra imagen, lejana ya de lo sublime, la de un destino humano arrastrado hacia la nada, donde la irracional voluntad de vivir no acarrea la satisfacción de los hombres sino que provoca un dolor que, como el mar de la pintura, es insondable e infinito. Por eso mi sensibilidad hacia “lo sublime” queda descartada en cuanto que descubro, tras la representación de la obra, la representación de una realidad aterradora. No percibo placer en ello, ni positivo ni negativo, sino la constatación de la incapacidad del hombre para vivir.

K —No puedo evitar el recordar en sus palabras las de Schopenhauer, supongo que, en cierta medida, su fuente primera; pero en el cuadro hay quien espera ser salvado, quien agita un trozo de tela en contra del viento, en contra de las olas, quien ha visto o intuye lo que ha de salvarle... ¿quién o qué salva a su humanidad, señor Nietzsche?

N —No hay salvación para la humanidad sino para el hombre como individuo salvado metafísicamente por el arte, un arte que es la creación permanente de una voluntad individual y poderosa. Dentro de esa pirámide de cuerpos de la balsa, el hombre superado yace abajo, impotente, inerme… el nuevo ha roto ya las ataduras y reivindica con su gesto la dignidad de ser la condición de todo el espectáculo universal. Ahí, en esa realidad que la obra recrea y revela, más allá de “las representaciones que otorga el conocimiento” –palabras estas, como usted bien señala, dichas ya antes por Schopenhauer – es donde yo atisbo lo sublime.

K —Habla como quieren hablarnos las obras románticas, hablar al espíritu y al ánimo desde el espíritu y el ánimo, esas obras de las que usted se siente tan alejado, “por evasivas” según usted y, sin embargo, ¿no es su actitud una actitud romántica cuando reconoce que el arte desvela una naturaleza más auténtica, escondida para la razón? ¿no es una actitud romántica volver la mirada apasionada y vehemente a la imaginación como creadora y reveladora de la existencia?

N —Esas obras románticas desean arrebatarnos con un ataque impetuoso y, tras el filtro del tiempo y el silencio, desaparecen de nuestro corazón sin haberse hecho el hueco y la huella de esas otras que, de manera inadvertida, nos tocan para quedarse para siempre con nosotros. Sería romántico, sin duda, si mi pensamiento fuera una capa superficial que se expresara tan sólo con la constatación o la certeza de haber asumido la naturaleza de la existencia, una existencia vital, instintiva e irracional, oscura y orgánica, una existencia dionisiaca… pero a ella mi alma cubre con una piel de cebolla que reclama orden, estilo y proporción, expresión consciente y deliberada, un acto apolíneo que, por decirlo con sus palabras, configuraría la forma de la experiencia por la acción, no ya de la mente, sino de la mente creadora.
Por otra parte, no es menos romántica su actitud con respecto a un arte que bebe de la creatividad, libre e individual, donde la imaginación pone sus reglas y puede interpretar la realidad para sus fines; tampoco se salva la actitud que usted le otorga a un artista que hace de su obra una necesidad vital, sin más fin que el arte por el arte…

K —Le escucho y descubro un primer momento, no expresado con el lenguaje pero sí descansando detrás de nuestras palabras, en el que estamos de acuerdo: hemos perdido la idea medieval de que todo lo que ha hecho dios es bello, esa belleza ya no es una calidad trascendental de los objetos. Pero hay un momento posterior en el que usted se sitúa, un momento para mí extraño, desconocido, en el que la belleza ha desaparecido al romperse la dualidad entre contenido y forma, entre arte y belleza; como conclusión, el gestor y receptor de esa experiencia estética formada por la conjunción de lo dionisíaco y lo apolíneo, ese hombre nuevo, sólo puede encarnarse en el artista que vive en permanente creación.

N —Si reposásemos nuestras palabras, quizás vería que yo, como usted, deseo comprender el arte sin conceptos y que ese deseo, siendo el arte el producto no del espíritu romántico, sino de una capacidad vitalmente creativa, solo puede darse desde el punto de vista del creador. Mi conclusión por tanto es entender que crear es mejor que conocer, despojando al arte de su mera apariencia estética y posicionándolo como autónomo, por encima del conocimiento y la filosofía. Dicho esto, queda explicitar la trama última de nuestras diferencias con esta pregunta: ¿cómo responde usted a la percepción de la belleza?

K —¿Qué respuesta llevaría a dar aquello que nos place en sí mismo? Lo bello exige un juicio reflexivo, no de los sentidos ni científico, es decir, un juicio que despierta con una satisfacción independiente del deseo y de la razón. Por ello, ajeno al motor que la razón y el deseo moverían en pos de una respuesta.

N —Mi respuesta a la percepción de la belleza, sin embargo, no es un juicio estético, es el anhelo de ser bello.

K —Un discurso firme pero, posicionados así, el arte como voluntad vital, el arte que explica el mundo o mejor, lo estético como consustancial al vivir… ¿cómo desarrollar una distancia que permita la valoración estética, la reflexión consciente de lo sensible?
Es usted, señor Nietzsche, un pez que, metido en la pecera de la experiencia estética, es forma y contenido a la vez, imposibilitado por tanto para describir esa misma pecera, por ser parte suya y no objeto de una percepción que necesita de la distancia, de un “verse desde fuera”…

N —Quizás porque usted piensa un mundo que espera ser explorado por el conocimiento, animado por la voluntad de la moral y en busca de la belleza. Yo le ofrezco la idea de un mundo que se crea por nuestras percepciones sensoriales y nuestras limitaciones fisiológicas…
Es este punto de nuestra conversación ese mismo punto “esencial” que refleja el cuadro de la balsa de “La Medusa” y del que tanto habló Lessing, punto de la acción en el cual se hace más inteligible lo que ha pasado y lo que ha de venir; un momento para realizar la instantánea y parar. Querido amigo, recuerde que no estamos aquí para decir la vida, sino para vivirla… recuerde, se lo dice el pez de la pecera, que fuera de ella, allí donde el agua se explica completa, en la distancia, el pez… se muere.





Fuentes en línea consultadas además del material UOC
• Nietzsche: comprensión estética de la realidad vital: en PDF. Silvia Silveira Laguna
• Arte y Poder. Aproximación a la estética de Nietzsche. Santiago Guervós. http://www.philosophybooks.info/Revista/Archivos/Numero0/page27.html

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